martes, 19 de enero de 2010

El ruido de la pandemia, las nueces de la gripe

Vivimos periódicamente con amenazas que nos atenazan y que nos advierten de la inminencia de catástrofes globales o de tragedias que nos acercan al apocalipsis. Por desgracia, muchas son ciertas, tangibles y dolorosas, pero hay otras alertas que en su día causaron revuelo y desasosiego mundial y que, hoy por hoy, no son más que castillos en el aire. El asunto de la pandemia de la gripe nueva o gripe A, provocada por el virus A/H1N1, es sin duda uno de los ejemplos más claros. Se parece a aquella famosa máxima de Horacio: parirán los montes y nacerá un ratón ridículo. O también se podría aplicar al caso lo de mucho ruido y pocas nueces. Los ciudadanos lo recuerdan, porque el ruido fue tremendo, consistente y continuado. No hubo día en que no hubiera una declaración de presuntos expertos más inquietante que la del día anterior. Seguimos con el corazón en vilo el ascenso del termómetro gestionado por la Organización Mundial de la Salud. Los niveles de alarma al alza se concretaron al fin en una declaración de pandemia que con la simple invocación del nombre presagiaba casi una plaga medieval. Las nueces han sido muy pocas. En el Tema del Día que hoy publica LA VOZ queda a las claras que la nueva gripe no solo no ha sido letal sino que, incluso desplazando a la infección estacional de cada año, ha representado la ola más benigna desde que se tienen datos fiables sobre epidemias de este tipo. Incertidumbre y perplejidad parece que son las dos palabras que más se usan en los medios científicos, sorprendidos de la evolución del virus. Lo que en sí es una buena noticia (por el bajísimo número de víctimas en comparación con otros ejercicios) se convierte de inmediato en resquemor si analizamos el papel de la OMS en su faceta de centinela mundial. Se rebajaron en su día los requisitos y protocolos propios de la organización para declarar una pandemia en beneficio de las empresas farmacéuticas que han elevado de forma colosal sus ingresos gracias a la cantidad ingente de vacunas adquiridas por la Administración para hacer frente al virus? Fue excesiva la alerta? Y, si lo fue, tuvo su origen en un mal cálculo científico o en un aviso precipitado, o fue a causa de una oscura operación económica? La OMS tendrá que responder urgentemente a estas preguntas. Su prestigio está en juego, y con él la credibilidad de todos aquellos que velan por algo tan delicado como la salud.

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